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El proyecto esotérico del III Reich

16,10

Contactos con el Más Allá, mediumnidad, rituales mágicos y creencias ocultistas de los líderes del nazismo

JOSÉ LUIS CARDERO
254 páginas
ISBN: 978-84-12240399

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Descripción

El autor de este libro ha pasado largas épocas investigando en toda clase de archivos en Alemania para buscar respuestas a una pregunta: ¿qué es lo que motivó a los líderes del III Reich a llevar la destrucción a Europa? La respuesta que encontró no se la esperaba. Descubrió que los objetivos de los jerarcas nazis, con Hitler a la cabeza, tenían menos que ver con la geopolítica y mucho más con el anhelo de regresar a una fantasiosa Edad de Oro, una época que solo existe en el mundo de las leyendas y en la imaginación, y con la «activación» de una serie de fuerzas sobrenaturales mediante las que creían que podrían dominar el mundo para transmutarlo por completo.
Mucho se ha escrito sobre las bases esotéricas y oculistas del nazismo, la mayoría de las veces echando mano de interpretaciones erróneas y datos sacados de contexto, pero en contadas ocasiones un autor ha investigado directamente en los archivos históricos alemanes para ofrecer una visión tan realista como documentada sobre las creencias mágicas de los líderes del III Reich.

José Luis Cardero (Lugo, 1946) es doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en Antropología Social y Cultural, es asimismo doctor por la Universidad Complutense de Madrid en el Instituto Universitario de Ciencias de las Religiones. Está especializado en trabajo de campo en relación a las creencias y su influencia política, económica y social. Aparte de su trabajo académico, es colaborador habitual de revistas tan populares como AÑO/CERO y Más Allá de la Ciencia y de programas como Cuarto Milenio (Cuatro TV) y Espacio en Blanco (Radio Nacional de España). En Ediciones Cydonia ha publicado 50 grandes enigmas de la Prehistoria y Los dioses oscuros del nazismo.

Índice

Prólogo
Rituales nazis y la Diosa Madre
Capítulo 1
NSDAP, el partido
Política, cosmovisión y mito
El gran proyecto
Creencia, visión del mundo y movimiento
El líder: artífice y ‘führer’
Capítulo 2
Schutzstaffel: las temibles SS
Los «escalones de protección»
La Orden Negra del Reich
Esoterismo, elección y planificación
El camino hacia un mundo nuevo
Capítulo 3
Wewelsburg: la fortaleza mágica
El castillo de Wewelsburg
Cripta, esvástica y sol negro
Las ceremonias y el Grial negro
¿Quiénes conducen hacia el «gran camino»?
Capítulo 4
Símbolos ancestrales
Las fuerzas de la Tierra
Los cuchillos largos y la Diosa Madre
El templo, Haus der Deutsche Erziehung
El círculo mágico de Odín
Capítulo 5
Una puerta hacia el ultramundo
Quedlinburg: santuario SS
El rey Pajarero, cazador de aves y de almas
Imperio secreto, simbología y ciencia antigua
Himmler, comunicador con el más allá
Epílogo
Apéndice de notas 
Bibliografía

Prólogo: Rituales nazis y la Diosa Madre

Cuando se contempla el siglo XX desde una perspectiva de tiempo y de espacio, no cabe duda que se muestra ante nosotros una época de hechos terribles, que destacan en el ya largo proceso de la presencia humana sobre este planeta, con una particular densidad.
En cualquier caso, no se trata solo de hacer un listado más o menos pormenorizado de aquellos acontecimientos malignos, ni de extraer de ellos conclusiones desesperanzadas sobre los seres humanos. O por lo menos, no se trata únicamente de eso. Porque también han existido personajes excepcionales que, en medio de aquellos años, han intentado poner remedio a los resultados concentrados de tanta maldad y crueldad como la que nos presentan los relatos y las reseñas históricas relativas a un universo espacio-temporal que tan cerca permanece, todavía, de nosotros.
Entre tales acontecimientos destaca, con una fuerza considerable, la presencia y la actividad de lo que en principio pudo ser tomado como un movimiento sociopolítico más de entre los que, por los primeros años de aquel siglo, surgieron. Nos referimos al nacionalsocialismo, el cual, desde el semillero de unas organizaciones minoritarias y escasamente seguidas en sus primeros momentos, surgió en la década de 1920, fraguándose y cobrando importancia y poder en los años posteriores, bajo el control directo de un personaje como Adolf Hitler, el cual continúa presentando todavía hoy no pocos aspectos misteriosos y extraños, pese al tiempo transcurrido y al carácter siniestro y cruel que acompañó al desarrollo de los acontecimientos en los cuales participaron dicho personaje y sus colaboradores.
Es muy probable que Adolf Hitler fuera, en los primeros momentos de su actividad política, allá por la década de 1920, finalizada ya la Primera Guerra Mundial con la derrota de Alemania, uno más de entre los muchos agentes que el ejército alemán, al servicio en este terreno, como en otros, del capitalismo nacional e internacional, puso para vigilar los nacientes movimientos revolucionarios que, todavía no completamente organizados, proclamaron no obstante en Alemania algunas repúblicas de tipo soviético, siguiendo en ello el ejemplo de la también recién nacida república de los ‘soviets’, instaurada en los territorios del antiguo Imperio ruso.
Como es sabido, la unión de repúblicas socialistas soviéticas establecida en Rusia (URSS), no desapareció hasta casi los años finales del siglo XX, a pesar de la terrible agresión que el propio Hitler desencadenó contra ella en el marco de la Segunda Guerra Mundial, sobreviviendo también al periodo de la llamada Guerra Fría y a los múltiples enfrentamientos que la URSS mantuvo con el bloque comandado, desde la derrota alemana en dicho conflicto, por los Estados Unidos de América.
Sin embargo, las pequeñas y dispersas repúblicas soviéticas instauradas en Alemania tras la Primera Guerra Mundial fueron pronto aniquiladas por el ejército, que a pesar de la derrota militar conservó una buena parte de su poder e influencia política, y también por la actividad desarrollada por los numerosos movimientos paramilitares de extrema derecha, que mantuvieron su actividad represiva, siempre violenta y sanguinaria, en territorio alemán, durante la llamada República de Weimar.
Hitler se libró pronto de sus posibles y casi seguras primeras influencias como agente del espionaje militar, para seguir trabajando por su cuenta, con el apoyo del capitalismo alemán e internacional –mantenido desde un principio para luchar contra los movimientos revolucionarios de la clase obrera–, en la configuración de una organización política que pudiera llegar a ser independiente, al menos en teoría, de aquellas primeras ayudas, en cuyo esfuerzo se fueron integrando poco a poco los militantes de los movimientos de extrema derecha conocidos como ‘völkisch’, extendidos por toda Alemania, y que terminaron por integrarse plenamente, de grado o por fuerza, en el partido hitleriano conocido como NSDAP (‘Nationalsozialistische Deutsches Arbeiter Partei’) o Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores.
La lucha contra las organizaciones obreras vinculadas al Partido Comunista Alemán (KPD) sirvió de excusa y pretexto para constituir una enorme organización, que llegó a tener millones de militantes, en cuyo marco fueron estableciéndose numerosos intereses y tendencias entre las cuales se consideran algunas que atañen de una manera particular a ciertas actividades mistéricas y rituales, dentro de las líneas concretas de este análisis nuestro.
Porque la lucha contrarrevolucionaria de la que, desde un principio, el partido de Hitler, el NSDAP, se hizo cargo, protagonizando los enfrentamientos que cubrieron, muchas veces de violencia y de sangre, las décadas de los años 20 y 30 en Alemania, mantuvo también otro rostro, otra faceta no siempre visible ni manifiesta, centrada en el cultivo y la práctica de lo extraordinario y de lo misterioso. Desde muy pronto, en el discurso de Hitler, que cada vez tenía más oyentes entre las masas de desempleados y de aquellos que habían perdido sus antiguas prerrogativas sociales, así como entre muchos miembros de las clases adineradas y de la nobleza, no menos que entre los propios militares y sus dependientes, comenzaron a escucharse argumentos nuevos, formal y dialécticamente separados de las clásicas quejas sobre la famosa “puñalada por la espalda” que Alemania, como potencia europea de primer orden, y su ejército como representante de dicho poder, decían haber sufrido al final de la Primera Guerra Mundial y que se consideraba por muchos como la causa principal de la derrota y de la posterior intromisión de las potencias aliadas enemigas en la vida política y social de Alemania.
Los nuevos argumentos que Hitler empezó a manejar en sus discursos, cada vez con más frecuencia y mayor ímpetu ante sus auditorios, progresivamente numerosos y entregados, comenzaron a esbozar las ideas de una Nueva Alemania, heredera no solo de la potencia europea recién derrotada a consecuencia de una traición, sino de una creación, o de un proyecto, de los viejos dioses, llevados a cabo en el principio de los tiempos, en la Hiperbórea ancestral, de donde venían los contactos tan abundantes como innegables, y hasta los rituales sagrados, según este discurso, mantenidos y compartidos con la Grecia olímpica y con su cultura. La Gran Alemania, imagen de la Gran Madre del principio de los tiempos, que comenzaba a despuntar, no solo guardaba aquella herencia de los antiguos dioses, sino que, además, como garantía de su dominio y superioridad, debía apoyarse sobre los tres grandes principios, venidos también desde aquellos primeros y gloriosos tiempos: la raza, la sangre y el suelo.
Con estos argumentos y sus derivaciones discursivas el nacionalsocialismo fue adquiriendo también una versión muy parecida, aunque solo en cierta forma, a la que presentaban los discursos religiosos tradicionales de las iglesias dominantes por entonces en Alemania, compitiendo plenamente con ellos tanto en su dinámica como en sus objetivos de reclutamiento y adoctrinamiento y en sus resultados. El número de simpatizantes de la causa que Hitler presentaba fue incrementándose en todas las franjas de edad, haciendo una impresión especial en los jóvenes y en aquellos que mostraban su desilusión frente a las soluciones políticas y sociales ofrecidas por los partidos tradicionales de la derecha y de la izquierda. Únicamente las propuestas visionarias y radicales sobre un mundo nuevo que el Partido Comunista Alemán mostraba en sus proyectos, podían competir, en parte, con aquellas nuevas doctrinas nazis. Pero, aunque las ideas comunistas y socialistas eran aceptadas por mucha gente, el capitalismo alemán o el capitalismo internacional no permitirían nunca su triunfo.
Así, el discurso del NSDAP fue transformándose en una llamada social y política nueva, pero también en testimonio de una cosmovisión ritual y mítica que era cada vez más aceptada en sus líneas maestras, y compartida por más personas. La Gran Alemania dejó poco a poco de ser una entelequia o un argumento del discurso político, para transformarse en una creencia o, más bien, en un universo o sistema de creencias en el que muchos participaron asumiéndolo en todo o en parte. El encuentro entre las ideas unificadas de comunidad de suelo y sangre sustentadas por los movimientos y sociedades de lo ‘völkisch’ y el universo de creencias en que poco a poco se fue transformando el discurso político del NSDAP, dio lugar a que la cosmovisión con la cual se respondía a dicho discurso y a los rituales invocados, fuera imponiéndose cada vez con más fuerza y de una manera progresivamente más coordinada.
De entre los partidos y fuerzas políticas presentes en Alemania en aquellas horas, tal vez, según apuntamos, únicamente el KPD, el Partido Comunista Alemán, podía responder al desafío lanzado a las masas por el NSDAP hitleriano con una formulación de estructura semejante, apoyada más en los sentimientos profundos expresados sobre una radical reforma de las instituciones políticas y las relaciones entre clases sociales, así como en el contacto directo y mantenido con un sistema de creencias –obviamente diferente en cada caso– que en las posibilidades de las confrontaciones políticas. Sin embargo, en semejante lucha apoyada sobre conjuntos estructurados de ideas, expresadas éstas de manera que las creencias más profundas pudieran manifestarse como elementos condicionadores preferentes, fue sin duda el NSDAP el que se impuso a sus contrincantes, pues una gran parte de la sociedad alemana de aquellos años no solo aceptó las ideas básicas de raza, suelo y sangre –compartidas con lo ‘völkisch’–, como componentes fundamentales e irrenunciables en el proyecto de la Gran Alemania, sino que apoyó el esfuerzo necesario para conseguir llevarlo a cabo, tal como Hitler lo había presentado repetidas veces en sus discursos y proclamas.
La transformación de una idea política, o de un ideario más o menos coordinado dispuesto alrededor de aquella, cuando estos se hacen más complejos abarcando estructuralmente sectores cada vez más amplios de una colectividad, para volcarse en un cuerpo de creencias, es un proceso que seguramente se dio en no pocas ocasiones a lo largo de la historia humana. El caso del nacionalsocialismo fue sin duda uno de estos acontecimientos. En esta transformación tuvo mucho que ver la actividad de Hitler, pero también la predisposición latente que existió en la sociedad alemana de aquellos tiempos para compartir la ritualidad y los efectos de lo sagrado. También fue muy importante la condición de la propia transformación de ideas en creencias y, sobre todo, la continuación de este proceso dirigido, según veremos, hacia aquellas componentes y formas de lo sagrado socialmente compartido. Las coordenadas significantes de este cambio y de esta irrupción discursiva, social y práctica de lo sagrado, concedieron entonces una gran fuerza y poder a las ideas que se hallaban en la base del proceso y puede decirse que, para muchos, una transformación tal tuvo lugar y fue posible, condicionando de una manera absoluta el discurso y la trayectoria del nacionalsocialismo, cuyas tres coordenadas principales coincidentes con las del movimiento ‘völkisch’ ya mencionadas (raza, sangre y suelo) a la que pronto se añadiría una nueva, característica y propia (la guía de un líder o ‘führer’), se adaptaban con una precisión notable a este tipo de discurso y a sus posibilidades de lograr un proceso político y social coherente con dichos fundamentos.
Sin embargo, eso no es todo. En la evolución normal de los acontecimientos y de los órdenes de las ideas, no detenerse en la etapa de lo sagrado y alcanzar el plano de lo religioso y aún el de lo religioso institucionalizado, parecería ser un objetivo deseable y, hasta podría argumentarse, necesario y lógico. Es decir, completar si cabe el proceso llegando al establecimiento de una nueva religión laica, que compitiera en su propio terreno con las religiones e iglesias tradicionales ya establecidas. No obstante, en el nacionalsocialismo, cuyo desarrollo fue controlado muy de cerca en todo momento por Hitler, el camino hacia lo religioso y su consumación institucional no era lo pretendido. Incluso guardando ciertas características más o menos propias de tal estado, su artífice procedió a detenerse con toda intención en un plano previo, es decir, en lo sagrado, que en no pocas de sus manifestaciones esperadas y consentidas mantuvo siempre también rasgos activos de lo numinoso.
Tal estado de lo numinoso, como ya es sabido, resulta ser una expresión o un momento anterior a lo sagrado en la línea de transformación de estos conjuntos de fuerzas, en el que se muestran muchos y abundantes elementos no del todo afectos a lo humano y aún hostiles, o cuando menos, indiferentes a él, según veremos más adelante en los siguientes capítulos. Nos encontraríamos seguramente aquí entre los llamados “dioses oscuros”, marchando en el camino hacia el “otro lado”, dirigiéndonos hasta los límites de una realidad distinta y absolutamente nueva, conceptos a los cuales ya nos hemos referido en otros trabajos.
Es muy importante considerar, a la vista del planteamiento ideológico y práctico del nacionalsocialismo en su presentación ante la sociedad alemana en un determinado momento histórico, y en el desarrollo y transformación que dicha ideología y sus actuaciones prácticas experimentaron en los años siguientes, durante la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, en los momentos de su derrota militar, las condiciones especiales de este carácter numinoso y sagrado del que hizo gala en muchas de sus manifestaciones. No cabe duda de que los terribles crímenes cometidos por el régimen nazi, como la denominada Aktion T4, de eliminación de cientos de miles de enfermos crónicos e incurables o de afectados por males hereditarios; el Holocausto, en el que desaparecieron millones de personas en los campos de exterminio; de la puesta en práctica de programas para la eliminación física de individuos pertenecientes a etnias consideradas inferiores por el régimen hitleriano; o la desaparición violenta y forzada de opositores políticos, entre muchas otras y diversas atrocidades, fueron compartidos en su elaboración y realización por muchos ciudadanos alemanes, tal como ha sido puesto en evidencia por investigaciones académicas que, si bien pueden llegar a ser discutidas en su argumentación y conclusiones, no pueden serlo en lo que se refiere a la realidad de los hechos que describen.
El horror que desprenden estos crímenes llevados a cabo por el régimen nazi, no debe impedirnos, sin embargo, investigar sobre la verdadera naturaleza del nacionalsocialismo desde sus mismos orígenes, estudiándolo primero como un arma que el capitalismo nacional alemán o el régimen capitalista internacional intentaron emplear, y financiaron copiosamente, contra el peligro revolucionario representado principalmente por el comunismo, y más tarde, en medio de las circunstancias de la guerra desencadenada desde 1939, como un instrumento derivado del juego de las creencias y de lo sagrado y ritual, en el futuro, la planificación y el desarrollo práctico de la Gran Alemania. La visión simbólico-cognitiva presentada mediante dicho procedimiento hermenéutico y su análisis cultural llevado a cabo en el marco de una colectividad como Alemania en aquella época, podrá suministrar muchas pistas sobre los acontecimientos que allí tuvieron lugar, así como también hará posible iluminar muchas de las decisiones que se tomaron en ciertos momentos por parte del propio Hitler o de sus colaboradores más directos.
No es posible que nuestra visión, insertada en el ámbito del presente trabajo y con el propósito concreto que la guía, pueda recorrer con detalle aquel intervalo espacio-temporal en el que se desarrolló la Alemania nacionalsocialista, ni mucho menos analizar pormenorizadamente ya no la totalidad, sino ni siquiera un número que pudiera considerarse significante de los impulsos o motivos que la animaron bajo aquel régimen. Nos limitaremos por tanto a examinar solo unas cuantas manifestaciones que consideramos están entre las más significativas –y, desde luego, también entre las más interesantes para nuestro objetivo de estudiar ciertas facetas de lo extraordinario, lo ajeno y lo sagrado en el régimen nazi– de todas las producidas o que podrían escogerse en el curso de aquellos años, considerándolas como resultado del ejercicio de un sistema de creencias derivado, en este caso, de una doctrina política y de una hipótesis social tan concretas e históricamente constatadas como lo fueron las que constituyeron el nacionalsocialismo.
Por ello, intentaremos llevar a cabo una interpretación antropológica cultural sobre estos acontecimientos escogidos para nuestro estudio, en los cuales, aquellas muestras de transformación de las creencias en actitudes y comportamientos donde es posible detectar rasgos de lo sagrado y de lo numinoso, se llevaron a cabo mediante la colaboración y el protagonismo de ciertas personalidades del régimen nacionalsocialista y para lo cual fue necesario introducir todo un conjunto de requerimientos formales y de variantes de comportamiento dentro del propio régimen.
La transformación de un movimiento político impulsado por una ideología, la cual puede presentar muchas variantes y formas, en un sistema de creencias en cuya estructura lo sagrado y lo numinoso cobren vida y actividad no es algo nuevo en el curso de la historia humana. En definitiva, lo que la inmensa mayoría de los movimientos políticos de este cariz pretenden es la transformación del mundo y el establecimiento de sistemas de relación que faciliten y prolonguen dicha transformación. Se han visto muchos sistemas políticos en los cuales la cabeza rectora adquiría, en un grado de mayor o menor intensidad, una condición sagrada e incluso divina. Revoluciones y transformaciones políticas y sociales terminaron con muchos de estos regímenes y pretensiones, aunque algunos de ellos, como el Egipto de los faraones, llegaron a conservarse durante milenios.
Esta permanencia era buscada y pretendida también por el régimen nacionalsocialista, que permanecería mil años (en el decir de algunos de sus dirigentes). Pero su condición más importante para lograr aquella permanencia no era la lucha política, la conquista del poder, ni siquiera una transformación social decisiva –lo que, en definitiva, compartía también con otros proyectos políticos– sino la modificación y la mudanza genética que fundamentaría el proyecto de la Gran Alemania y la preponderancia de sus habitantes sobre el resto de Europa y del mundo, apoyado precisamente en los tres grandes e irrenunciables hitos, tantas veces mencionados, de la raza, la sangre y el suelo.
Ese fue el proyecto principal del nacionalsocialismo. Constituir una gran potencia política, económica y social sustentada en aquellos tres pilares, que se extendiese geográficamente desde las orillas del océano Atlántico hasta los Urales y desde el círculo polar ártico hasta el borde del Mediterráneo, con una población de unos seiscientos millones de personas de entre las cuales hubiesen sido eliminadas todas aquellas que no pudiesen acreditar una historia genética adecuada. Cuantos no se considerasen incluidos, serían expulsados o exterminados, tal como se indica con detalle en un documento elaborado en 1942 por el antropólogo Dr. Konrad Meyer, alto cargo de las SS, dirigido a la atención del ‘reichsführer-SS’, Heinrich Himmler. Dicho documento, que consta en los archivos federales alemanes, tiene cien páginas y se titula ‘Generalplan Ost’.
Es, como puede comprobar quién lo lea atentamente, una verdadera guía para conducir y llevar a cabo los proyectos del Holocausto y el exterminio de poblaciones juzgadas como indeseables en la preparación del camino hacia el “otro lado”, allí donde surgiría, una vez culminada la tarea selectiva y eliminadora, la realidad futura de la ‘Grosse Mutter’, la Gran Madre de la Antigüedad, la Gran Alemania.

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